No salgamos del asombro.

Es irremediable, nuestra estadía en el tiempo menoscaba terriblemente nuestro concepto de fascinación. La experiencia es como un rígido padre que de muy jovencito dice a su hijo quienes son los verdaderos reyes magos. Justamente, quizás, porque indefectiblemente transcurrir, existir, nos contenta y termina resignando con aquello de que la vida no es un problema que tiene que ser resuelto, sino una realidad que debe ser experimentada. Andar altera el entusiasmo.

Estar es una sorpresa…

No obstante, me opongo a conformar a la veteranía de lo expectante, a los escépticos, aunque la invención ya sea un invento. Aun llegados, hay más pasos. Por sabido que sea lo envuelto… ¡es el regalo! ¿Qué color incoloro sería este alrededor sin la admiración, ese milagro de consternarnos? Es que la sorpresa por cosa, reiterada, en sí misma, no es sorpresa. Es la ocasión, el trazo y el motivo, ese árbol sin hojas que da sombra*, todo el  fuego que cabe en un suspiro, la firma en el viento que dejamos, lo que mueve el asombro de asombrarnos. Sino todo esto, es como romper edificios contra los espejos. Absurdo.

Y estar ya no lo es nada…

 

 

(* Frase de Gelman. A su memoria.)

 

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