Salvo el crepúsculo.

 “Nada tengo en contra de mi vida diurna,

pero no es por ella, que escribo…”

     -Cortázar-

 

Los síntomas son de moderados a leves, con el agravante de la levedad asemejada a la fisonomía de la carencia, desprovistos aquellos que nada lo sospechan de allí fuera, cuantos tienen la desgracia de arroparse sin intriga, sin joviales fantasías, ni vencer la indiferencia existencial de los ojos, del mismísimo dentro, por ver que engaña esa sensitiva oscuridad del allí fuera. Creen aún en la existencia de seres fantasmales, que nunca se ocuparían de esos enjambres que reposan en la inercia.

Soñar en un aposento, es lo más parecido al abismo de la resignación de siempre ser un sueño, es consuelo y atenuante para expiar todas las culpas de la puritana negligencia. Existe una maquinaria universalmente perversa del dios de la rutina sicario empedernido de los días que hasta pone lunas y estrellas, el decorado perfecto para mecerlos antes de que os visiten las ideas camufladas, pergeñadas por la sabia duda. ¡Ay! de los que no viven el incognoscible estado del desvelo, todo lo trascendente esta en sus afueras, alguien le quita el manto al sol, cuando el engranaje despierta…
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