Desvarío del Atardecer…

Las tardes de silencio son como el espacio que lo ocupa todo y abarca nada, la singular, monótona y acostumbrada mirada de saberse siempre en lo mismo, el cansancio intrascendente para el mundo pero que se posa en nuestro esqueleto hasta cansarnos de ser. La inquietud de no querer interiorizarse con nada, ni siquiera con uno mismo, si hasta mi propio yo sabe tajantemente que no me puede molestar. Los amigos envueltos en la corriente de lo corriente, el desilusionador mágico y experimentado tipo llamado tiempo, se los llevo consigo, puede que para siempre, eso lo sabrá el mismo. Yo por caso siempre igual, en el desatino de querer estar en silencio, en la tranquilidad del encierro, que me engaña de los alaridos voraces del allí afuera, de la existencialidad rutinaria del día -a veces son tan fuertes que no se pueden soslayar-. (Aún faltan un par de horas para mi visita autorizada por orden judicial de la fantasía de la eventualidad a mi casa de citas llamada noche). Esa soez y embustera realidad que muta de tantas formas, que tiene tantos disfraces a la que  decadentemente condenados estamos de estar. Ahora muy moderna ella se disfraza de celular, de teléfono fijo, de timbre manoseado hasta el ultrajo, que no para de sonar o de vibrar para los más “cancheros”, de televisor (creo en lo particular, de las invenciones modernas que más involuciona con el paso del tiempo).

Detesto la arrogancia mundana del que se cree más. ¡Lo confieso! no he vencido sus embates, quizás este ticket comprado en la estación catarsis, -por cierto muy costoso para ser un ticket-, me ha transportado justo a tiempo a otro mundo, a otros mundos (con la salvedad que están acá). Todo es tan endeble a la intemperie, los seres humanos hasta el vomitivo ridículo de preocuparse por como la cruda alma de los otros los irán a observar. Hay personas sin embargo menos que muchas pero las hay, que no claudican en sus intentos por no dejarse sobornar ante la realidad.

 Es tan halagador viajar sin viajar, soñar con soñar, vivir en vivir, creer en crear, intentar lo que quizás muera intentando. Conquistar nuevos límites para la imaginación. Amagándome a mí mismo a escapar…

 De golpe el zumbido implacable en el aire, es como la muerte, tiene la jodida precisión de no fallar, ese grito de sirenas en la guerra, tan similar a un despertador  me dan un patotero e intimidador golpe de alerta, tengo que partir, mejor decir volver a estar de vuelta, es tiempo perdido, pero se me hace imperioso para subsistir.

     ¿Qué voy a hacerle yo, sino me asusta la soledad…?

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